jueves, 23 de febrero de 2012

Gorda.

La leche desnatada, el café solo, sin pastas, sin si quiera la triste compañía de la cuchara. No llena los pantalones de la talla treinta y dos, y cuando lo hace se frustra, y sus palabras mueren ahogadas tras tirar de la cadena entre los ecos del llanto que apaga su voz. Y qué decir de sus dientes, los que le quedan, que parecen cicatrices mal cosidas que bien podrían servir de cebo en una ratonera. Y sus nudillos, rojo líquido, pellejos, agrietados, ni el alcohol ni las tiritas disimulan ya su estado. Casi ni respira, por miedo a que el aire no quiera salir, y ocupe espacio entre sus tripas. No duerme, por pánico a soñar inconsciente que ingiere comida. Y cada mañana, tras las escasas horas de cama o sillón, durante las que el cuerpo le traiciona y apaga su cerebro, se levanta como puede, sin fuerzas, sin ganas, y arrastra su saco de huesos frente al espejo del cuarto de baño. Y se ve como se siente. Gorda. Y llora sin lágrimas, y grita sin voz, y siente sin alma, porque ni tan si quiera eso le queda ya. Y consumida, destrozada por fuera, y sobre todo por dentro, se arrodilla, levanta la tapa de su caja de Pandora, y se dispone a regalarle una vez más, como cada mañana, como cada día, las miserias que le quedan para poner fin a su vida.

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