viernes, 27 de febrero de 2015

La ley débil de los grandes números.

La ley débil de los grandes números es una primera justificación teórica de la ley empírica de justificación de los promedios. La ley de los grandes números es esa ley misteriosa, tan imponente como la famosa ley de la gravedad, pero mucho más discreta, que bajo la sombra de la ignorancia de todos los que la desconocen impide que ocurran cosas, como que los sábados por la noche los bares estén abarrotados mientras las terrazas están vacías, o que un mes de agosto los veraneantes decidan ir a la montaña mientras las playas están desiertas. La ley débil de los grandes números es esa ley que impide que ocurran cosas como que el balón no entre por la red tras varios tiros fallados justo en el instante en el que la bocina señala el final del partido con el marcador un punto en contra. La ley débil de los grandes números es esa ley que impide que dos personas que apenas se ven sean incapaces de superar esa atracción tan difícil de explicar con palabras cada vez que el destino las sitúa de nuevo en el mismo camino. Sin embargo no es capaz de impedir cosas como que tú y yo no podamos respirar el mismo aire durante más de cinco minutos seguidos, sin desnudarnos con la mirada, y sentir la necesidad de comernos a besos. No es capaz de impedir que aunque no me gusten los lunares recorrería tu espalda a ciegas con mis manos, en busca de los tuyos. No es capaz de impedir cosas como que me mires, sonrías con cara de idiota, y se pare el tiempo, haciendo explotar todos los relojes de arena del mundo, esparciendo los restos en todas las direcciones posibles sin importar a quién salpique. Y es que la ley débil de los grandes números es débil cuando se enfrenta a lo más impredecible con lo que cualquier estudio, criterio o experimento matemático se puede encontrar: Los sentimientos humanos.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Autolección número 1.

La vida resulta un poco más sencilla cuando aprendes a aceptar una disculpa que nunca recibiste. Qué gran verdad. Y buenas noches.


sábado, 14 de febrero de 2015

Febrero entre líneas.

Suelo decir que leer un libro por segunda vez es como besar a alguien. La primera vez, intuyes que te gustará. La segunda, ya sabes que tiene algo especial. Alguien. Alguien que de abrazos de esos que huelen tan bien y que susurre al oído palabras cuyo significado se diluya absorbido por la atracción que provoca su voz. Que me haga reír. Que me haga poner cara de idiota cuando me mira y sonríe. Alguien a quien le de igual madrugar el fin de semana aunque haya trasnochado si hay un plan de domingo interesante. Que entienda mi independencia y mis notengotiemponiderespirar, tan ocupado que a ratos se olvide de mí, para recordarme luego con más ganas que nunca. Alguien que me vuelva loca, que ponga mi mundo patas arriba convirtiéndose en ocasiones en mi mayor preocupación...y al mismo tiempo en la mejor. Que apenas tenga tiempo para dormir, ni ganas, cuando yo esté entre sus sábanas, pero que cuando lo haga duerma tan pacíficamente que tenga que buscarle el pulso. Alguien que haya sufrido, y que entienda el sufrimiento. Que entienda mis silencios. Que los entienda hasta tal punto que sin decir nada me mire y sepa que algo me pasa. quién soy, y lo que siento. Y lo acepte.  Que no intente cambiarme , ni descoser mis cicatrices, ni corregir mis defectos, sino que simplemente por ser como es él consiga que me abra a él y abrirse a mi, consiga hacerme a mí mejor persona. Esa persona. Hay más de siete mil millones ahí afuera. Pero imagino que así, solamente necesito una. 


domingo, 8 de febrero de 2015

Perdona si te llamo amor.

-Cuando las mariposas se enamoran, ¿sienten humanos dentro de su estómago?

+Las mariposas no pueden enamorarse.

-¿Por qué?

+Porque no tienen corazón.

-Entonces yo tampoco.

+¿Por qué?

-Porque hace tiempo que te quedaste con el mío.


Y perdona si te llamo amor. Pero yo no lo decido.


jueves, 5 de febrero de 2015

La sonrisa de Lúa.

Interésate por ella. Tampoco a todas horas, no la agobies, pero que intuya que te importa lo que te cuenta. Que te acuerdas, que la escuchas. Haz que se sienta escuchada, y comprendida, que aunque sea una chica fuerte, valiente e independiente tiene un hombro en el que apoyarse...si lo necesita. Háblale de sus fotografías, esas que ves en sus redes sociales. Tampoco constantemente, que no se sienta acosada, pero sí observada. A las mujeres nos gusta que nos miren. Dale los buenos días, y las buenas noches. Tampoco siempre, pero empieza a hacerlo, que le sorprenda, al principio, y lo eche en falta después el día que no lo hagas, para que le haga ilusión cada vez que vuelvas a hacerlo de nuevo. Sonríele, y hazla sonreír. Hazla reír con tonterías, con cualquier cosa que se te pase por la cabeza, pero no lo prepares de antemano, sé tú mismo, cuanto más espontáneo y natural te salga mejor...a las chicas nos encanta que nos hagan reír. Dile que tiene una sonrisa muy bonita. Ella ya lo sabe, pero se pone roja cada vez que se lo dicen...le encanta que se lo digan. Mírala a los ojos cuando hables con ella. Sé que es difícil mantener esa mirada, ni clara ni oscura, ni verde ni miel, porque a veces su frialdad, su apariencia, todo eso que hace y que tiene y que gira en torno a ella, impone un poco, pero en cuanto seas capaz de mirarla a los ojos cada vez que le hables, cuando lo consigas, podrás disfrutar de sus imperfecciones, de lo bonita que es cuando deja a un lado su armadura, y se muestra tal cual es. Su esencia. Ella es dulce, es sencilla, y al mismo tiempo tremendamente compleja y rara. O más que rara, diferente. Ella es diferente a todas las demás que has conocido...y lo sabes. Invítala a un café. Invítala con la excusa de que necesitas su ayuda o su consejo para cualquier cosa, invítala...y déjate llevar. Vive el momento, enamórate de su sonrisa, de sus rarezas, de su mirada, de su forma de recogerse el pelo en una coleta despeinada o de jugar con la cucharilla dentro de la taza. Y pase lo que pase, suceda lo que suceda en su vida, nunca pierdas la esperanza. Porque además de todas estas cosas, ella es totalmente impredecible. Le cuesta poner un pie delante del otro, avanzar sin miedo, le cuesta una barbaridad. Pero si lo consigues, si consigues que algún día el destino se ponga de tu parte, y avance hacia ti, puedes estar seguro de que no lo hará hacia nadie más. Será sincera, y aunque pueda cometer errores, tendrá claro qué camino quiere recorrer contigo. Tendrá claro que el camino que quiere recorrer, es el que elijas tú.


lunes, 2 de febrero de 2015

Tinta de domingo.

"He aprendido que lo que se nos mete entre ceja y ceja es lo que más tarda en salir del corazón. Que todos tenemos un semáforo en ámbar y una historia que contar. He aprendido que para depurar hay que llorar y que para querer hay que poder. He aprendido a poner caras y a levantar la mía hacia las nubes. A darme de bruces con el techo y a dar del interior lo que no debería ver el exterior. Pero sobre todo, he aprendido que nada de todo esto vale la pena sin alguien que te haga ser incoherente. Alguien que llegue, te empuje a hacer cosas de las que jamás te creíste capaz y arrase de un plumazo con tus principios, tus valores, tus "yo nunca", tus "yo qué va". Existen dos emociones inútiles asociadas al pasado: El arrepentimiento y la culpa, y una emoción inútil asociada al futuro: La preocupación. y cuanto antes te desprendas de las tres, antes empezarás a apreciar lo que tienes."


lunes, 19 de enero de 2015

Enero entre líneas.

Dicen que después de la tormenta siempre llega la calma...y así es. ¿Sabes una cosa? Te mereces pasarle a las cosas buenas. Por eso nunca quieras a quien te quiera, como si tuvieses miedo de no encontrar a otra persona a la que ames. Quiere a quien tenga miedo de quererte, porque seguramente acabe amándote más que nadie en este mundo. No te conformes con lo fácil, que lo difícil también se intenta. Y se consigue. Nunca dejes de creer en la magia, esa que lo hace todo jodidamente irracional e irrepetible, que te hace cometer locuras y enamorarte de la vida y de todo aquello que te hace feliz.  Aprende a disfrutar de los buenos recuerdos, no te tortures con ellos, porque son un tesoro que nada ni nadie podrá arrebatarte. El corazón del ser humano es un lugar demasiado complejo como para pretender entender lo que sucede en su interior. Un lugar donde el tiempo, la razón y la cordura no existen. Por eso si algún día decides luchar por ese algo que no sabes cómo explicar que te nace de ahí adentro, no lo hagas cuando pienses que es lo oportuno. Hazlo cuando sientas que vale la pena, aunque el momento sea el menos oportuno de todos. Y habrá ocasiones en las que podrás equivocarte, pero cuando te des cuenta de que escogiste el camino incorrecto, darás media vuelta entendiendo que lo importante no era el final, sino el transcurso del viaje, y que aquel camino, aún resultando no ser el definitivo, tenia unas vistas preciosas. Haz caso de tus impulsos, y mantén siempre la esperanza de que no todo puede salirnos mal si aprendemos de nuestros errores, de que las segundas oportunidades existen, de que a la tercera, a la séptima o a la mil una vendrá la vencida, de que la vida te tendrá guardado algo bueno tras los malos golpes. Así que sal ahí fuera, cómete el mundo a bocados, recorre los caminos que te hagan falta hasta encontrar el que tu corazón verdaderamente desea. Siente tus pies golpeando la tierra firme, siente la brisa acariciándote la cara con dulzura. Siente, no temas. Ten paciencia. Espera a que el destino te conceda lo que quieres, porque tarde o temprano Marzo llegará y traerá consigo la primavera más bonita de todas. Y llénate. Llénate de la belleza que te rodea. Abraza, besa, baila, grita con todas tus fuerzas, deja que la lluvia penetre hasta el último poro de tu piel empapándote hasta los huesos...y simplemente, VIVE.


lunes, 12 de enero de 2015

La idiota es ella.

No seas idiota. Levántate de ese sofá y sal a la calle. Sal corriendo sin perder el tiempo en buscar las llaves. Para qué. No las necesitas. Coge la cartera, y corre. Plántate en la estación y coge el primer tren que salga hacia donde te dice el corazón. ‘Qué le digo’, ‘Qué hago’, ‘No tendría que haber dicho eso’, ‘Tendría que haber hecho las cosas de otra manera’...Quítate esos pensamientos de la cabeza, no sirven, no pagarás ni un solo billete con ellos. Son sólo calderilla para echar a la gorra del primer mendigo que encuentres junto al andén. Siéntate y pon los pies en el asiento de en frente hasta que el revisor te llame la atención, escucha esa canción que sin querer te recuerda a ella, quédate dormido hasta que tu cabeza caiga sobre el desconocido de al lado y te haga pasar ese incómodo y embarazoso momento al despertar. Espera a que se abran las puertas y vuelve, vuelve a correr sin detenerte. Sortea a la gente, ábrete paso entre la multitud, empújala si hace falta, que se jodan, ellos no tienen tus ganas, ellos están muertos por dentro. Qué sabrá toda esa gente de los sentimientos...qué sabrá toda esa gente de buscar el amor. Espérala en el portal, o mejor aún, llama a todos los timbres hasta que escuches su voz. Su dulce y seductora voz. Empuja la puerta, sube las escaleras de dos en dos, que las segundas oportunidades a veces merecen la pena. Tropiézate si hace falta, que ya te levantarás. Ahí está. Mirándote con su moño despeinado y su camiseta de estar por casa, atónita, perpleja...preciosa. Cógele la cara con las manos y cómele la boca. Cómesela como si llevases meses sin desayunar. Con ella. Eso es lo que ella sueña con que harás algún día. Pero lo que haces es muy diferente. Te quedaste mirando esa pantalla del móvil, esas conversaciones en las que decías todo sin decir nada, y no decías nada, diciéndolo todo. Borraste su historial. No arriesgaste, y sigues sin arriesgar. Quien no arriesga no gana, y tu decidiste perder. Tú no buscas nada, aunque en el fondo esperas que ella te encuentre. Y día tras día, ella espera que lo que sea que estés buscando, sea mejor que lo que estás perdiendo. Porque en el fondo, como casi siempre en estas historias, el que busca no eres tú, es ella. El que corre no eres tú, es ella. El que arriesga no eres tú, es ella....El idiota no eres tú. La idiota, es ella. La idiota siempre es ella.

Tinta de domingo.

Queremos decir tanto, que terminamos no diciendo nada. Ahogamos nuestros sentimientos en nuestros propios labios creyendo que no hay forma de cambiar la realidad que estamos viviendo. Nuestra realidad. Hay dudas que con el tiempo forman ríos dentro de nosotros mismos, y a veces acaban desbordando...pero cuando pasa la tormenta y el viento deja de revolvernos los sentimientos seguimos acomodándonos a la rutina de siempre. Nos acostumbramos, nos conformamos. Empiezas a pensar que ese peso que te acompaña se irá haciendo cada vez más liviano, hasta que algún día te levantes por la mañana y no lo sientas, te dejará dormir tranquilo...pero ahora dime si los barcos pueden llegar al destino deseado sin un capitán que durante un tiempo pase las noches en vela. Tu rutina, tu vida, necesita tu ayuda para tomar el rumbo adecuado, tú eres el capitán y debes guiarla, debes vivirla, porque de lo contrario tu destino se escribirá con la tinta equivocada. Así que empieza a sellar tus labios con momentos y no con remordimientos, sin ningún tipo de arrepentimiento. Navega sin miedo. Busca tu sitio, y no temas por caerte en alta mar, que tarde o temprano la persona que esperas saltará a por ti para ayudarte a subir de nuevo junto al timón. Busca tu tierra firme, allá donde pises fuerte sin necesidad de echar el ancla. Busca tu felicidad. Echa mano de la brújula que tienes dentro, y busca, porque si no tu vida será eso que sucede mientras te ahogas en tus propios ríos, como un barco que navega hacia una dirección que ya no existe. Y no hay nada más triste y cobarde que navegar contra la corriente que uno siente.


miércoles, 7 de enero de 2015

Miércoles con sabor a Domingo.

Hoy es una de esas noches en las que aunque la inspiración no llame a la puerta el señor de nombre Plazo y apellido Límite te fuerza a ponerte el gorro y la bufanda y salir en su busca. Dicen que los días grises son más libres porque no te obligan a ser feliz, pero te encadenan a la ambigüedad de no saber dónde ni cómo definirte. La renuencia a reconocer los errores que uno comete es como abrazar un cactus y preguntarte rato después por qué sangras. Y lo malo no es tropezar. Lo malo es que te guste la piedra. Pero si intentáramos mirar en el interior de la otra persona y entender los desafíos a los que cada uno se enfrenta a diario, antes de sentarle en el banco de los acusados en un juicio de moral, creo que nos trataríamos los unos a los otros con más paciencia, tolerancia, respeto y cuidado. Por eso vive la vida como tú quieras vivirla, no como los demás pretendan que la vivas. No hagas caso de las críticas destructivas, ni del desgastado "qué dirán". No te dejes aconsejar por quienes te envidian, por quienes no buscan tu bien, sino alcanzar a través de ti su propia gloria. Enamórate de la persona equivocada, desenamórate, vuélvete a enamorar una y mil veces de todo aquello que te haga feliz. Toma decisiones, sé valiente. Déjate llevar, piensa menos, y siente más. Tropieza, equivócate, y levántate de nuevo para demostrarle a todo el mundo que puedes con lo que venga, pero sobre todo para demostrártelo a ti mismo. Y pase lo que pase, venga lo que venga, sonríe, porque la ilusión nunca se lesiona. Sonríe siempre. Que si sonríes, prometo no interrumpirte...aunque me muera de ganas por comerte la boca.


martes, 6 de enero de 2015

...

Hoy me quiero un poquito menos.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Tinta de domingo.

Esperanza: Estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. 

Frustración: Sentimiento generado tras dejar sin efecto un propósito contra la intención de quien procura realizarlo. O dicho de otra manera...Lo que se siente cuando la pierdes.

 
Y en contra de lo que uno espera...las finales, no sólo se juegan. Las finales, también se pierden.




domingo, 21 de diciembre de 2014

Amor y otras drogas.

Todos esos, que tanto dicen quererse, que se llenan la boca de esas siete letras que tan poco ocupan, y tanto significan. Todos esos ignorantes que desgastan la palabra osadamente, todos ellos, no tienen ni la menor idea de lo que significa. No saben lo jodidamente difícil que es querer. Pero querer de verdad, no a medias tintas, ni de boquilla, no querer a ratos, o a temporadas. Querer como estado natural, como sentimiento puro e íntegro que un día tenace dentro y no hay manera de controlarlo. Querer es como coger aire y colmarte por dentro, y al expulsarlo sentirte llena de vida, de energía, plena. Querer es sentir cómo todas las conexiones neuronales dejan de funcionar de golpe cada vez que te abraza o te besa, o simplemente cada vez que le sientes cerca. Querer es sonreír sin motivo aparente, es pensar en la otra persona antes que en uno mismo. El problema viene cuando uno quiere, y deja de ser querido. Eso es algo que aunque te lo contaran en la mejor novela de la historia o en la mejor película del mundo, no serías capaz de entenderlo si no lo has sentido antes. Si no has sentido ese dolor incontrolable en el pecho, que parece que se te va a salir algo muy fuerte de dentro, atravesándote el corazón de lado a lado de un solo golpe. Y duele. Duele como si todos los huesos de tu cuerpo se retorcieran, haciéndote escuchar a tus entrañas crujir mientras respiras. Como amanecer desnudo en plena tormenta de verano y sentir las gotas de lluvia arañándote la piel, como un pitido ensordecedor que te penetra en los oídos a punto de reventarte los tímpanos, sin llegar a hacerlo. Como el ardor de las llamas de un incendio que te recorre el cuerpo y se detiene en el alma, regodeándose en las cenizas y esparciéndolas por todas partes, en todas las direcciones posibles. Como sumergirte en una bañera de hielos donde apenas puedes respirar, pero no te ahogas del todo. Y no te ahogas, porque morir de amor sería un final demasiado bonito para tanto dolor. Hasta que un día, de repente, dejas de sentir. La lluvia para, el hielo se derrite, el incendio se apaga, el pitido cesa. Y llega el silencio, llega la calma...llega la paz. Es entonces, y sólo entonces, cuando podrás permitirte el lujo de recordar. Y lo mejor de recordar una vez superado el sentimiento es, que puedes regresar cuando quieras, cuando a ti te de la gana, sin sufrir. Y nada ni nadie podrá arrebatarte eso.


lunes, 8 de diciembre de 2014

Miedo por dentro.

Hace poco leí en alguna parte, eso de que los días grises parecen más libres, porque no te obligan a ser feliz. Es por eso que a veces no estoy bien, pero sonrío. Es por eso que a veces me siento acojonadamente sola. Es por eso que intento romperme, aunque sólo pueda disolverme en lágrimas. Es por eso, por todas esas cosas que no se pueden contar. Cada domingo que quedo contigo, bailando restos de alcohol entre mis sábanas, cierro los ojos con la esperanza de que mañana suene el despertador, y al abrirlos de nuevo en la resaca, no te vayas. Y es que de todas mis dudas, sin duda, tú fuiste la mejor. Pero siempre tengo esa tonta necesidad de cargarme con mil cosas y llegar tarde a todas partes, soy impuntual por naturaleza, de pensamiento y de alma, qué le vamos a hacer. Siempre será hace una hora, una semana o un mes. Hace un minuto, o simplemente hace tan solo un segundo. Porque una vez más, llegué tarde, y una vez más, no pudo ser. Y aquí estoy, negándome a perderte, de la misma manera en la que el mar se niega a abandonar la orilla, a pesar de la cantidad de veces que le obligan a alejarse. Pero qué me decís de lo jodidamente bonito que resulta sentir que al final, a pesar de todo, en su resaca, las olas regresan a la orilla. Que sí, que todo viene, todo pasa, todo cambia...y todo vuelve. El reloj de mi alma siempre ha ido con retraso, y puede que llegase tarde algún día, pero te aseguro que llegué...y te aseguro: Volveré.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Mum, I want a motorbike.

Cuando los primeros rallos de sol entraron por las rendijas de la ventana de madera, Víctor comenzó a abrir los ojos lentamente. Tomó aire, y sintió cómo ese olor inconfundible se adentraba en lo más profundo de sus pulmones, colmándolos de oxígeno puro, de frescura, de vida. No había duda: La primavera había llegado.

Víctor era un chico peculiar, de esos que a simple vista no suelen pasar desapercibidos. Guapo, sí, pero no guapo de los de portada de revista, no guapo vacío. Tenía algo especial en su mirada, algo que sin conocerle despertaba curiosidad, despertaba interés en ese quéhabrámásallá. Era uno de esos tipos con una sonrisa llena de hoyuelos, que cada vez que la mostraba te daban ganas de sonreír a ti también. Había algo diferente en su forma de caminar, en sus maneras, como si a su paso alguien fuera extendiendo una alfombra roja y miles de flashes le deslumbran por el camino…y sin embargo él no se diera cuenta. Su forma de vestir, y de desvestirse, aunque eso creo que sólo me lo imagino, pero estoy segura de que tiene que ser así, tal cual lo veo en mi cabeza. Y su voz. Su voz y su forma de hablar, su forma de expresarse, daba tranquilidad, generaba confianza…generaba paz. La manera en la que se revolvía el pelo, su pelo, despeinadamente peinado, sin orden ni gobierno y ordenado al mismo tiempo. La música que escuchaba. Y sus manos. Sus manos llenas de venas, y lo que era capaz de hacer con ellas. Sus ideas, su creatividad, esa facilidad que tenía para crear un algo de la misma nada, esa imaginación que le desbordaba por los poros de la piel y esa osadía que mostraba ante la hoja en blanco. La inspiración que transmitía, la sensibilidad que dejaba ver tras la armadura y la máscara, a veces. Su discreción, y su engañosa timidez, que yo nunca me la creí, pero a veces no era capaz de adivinar lo que escondía detrás de ella, lo que le pasaba por la cabeza. O por el alma, que al fin y al cabo me interesaba más. Me importaba más. Así era Víctor, un guapo con miga, que digo yo.

Aquella mañana se había levantado de buen humor. Tras una ducha de agua fría y un par de tostadas acompañadas de un café recién hecho, bajó al garaje en busca de su pequeña Vespa, para tomar rumbo hacia casa de su prima Nicole. Le costó unos minutos conseguir que arrancara, pero tendía a darle esos sustos de vez en cuando. Al final, siempre cedía ante sus encantos…o él ante los de ella. Adoraba aquella moto. En realidad cualquiera, según él era cuestión de sentirlo, quien lo ha sentido lo entiende y quien no seguramente no lo llegue a entender nunca. La primera vez que montó en una moto tenía menos de cinco años. Fue con el abuelo de su prima, y con ella. Nicole era un par de años mayor que él, pero desde siempre Víctor había sentido cierto instinto protector hacia ella. Para él era como una hermana pequeña. De aquella moto sólo recordaba ya el color, rojo desgastado, el velocímetro analógico cuyos números apenas lograba distinguir, y la lona negra llena de polvo que la recubría mientras descansaba aparcada en el gallinero de la finca. No tenía constancia de cuánto duró el paseo, imagina que porque a esas edades nunca se tiene constancia de cuánto duran las cosas…lamentablemente ya se le había pasado. Ahora sabía medir el tiempo, sentir que se le escapaba de las manos continuamente y cómo de vez en cuando le daban ganas de pegarle una patada a todos los relojes de arena que se encontraba en el camino. El caso es, sin irme por las ramas, que aquel paseo fue realmente impactante para él. Sentir cómo el aire cálido de aquella tarde de finales de Marzo golpeaba su cara, y cómo ese hormigueo extraño y desconocido, que tiempo después descubrió que se llamaba "adrenalina", recorría su cuerpo a esa velocidad, le hizo entrar en un estado de plenitud desconocido para él hasta entonces.

Conforme fueron pasando los años, descubrió que había otro aliciente que aunque también le resultaba agradable, mermaba un poco esa sensación de libertad: Montar con su prima Nicole. Tener una moto propia era una idea que le entusiasmaba, y que venía acompañada de algo desconocido para él. Montar solo. Con ello se desvanecía la protección que desprendía el que su prima le agarrase fuerte de la cintura, de sentir que esa sensación era compartida con alguien más…aunque implicara tener que abrazar un hueco vacío. Pero algo en su interior se lo pedía a gritos. Así que una tarde de finales de verano, entro por la puerta de su casa directo hasta el salón, y sin si quiera sentarse se plantó frente a su madre y le dijo con decisión: Mamá, quiero una moto.