Dejaremos que pase el tiempo, que corra el aire y el viento suene hasta que arrastre palabras mudas de esas que sólo tu y yo escuchamos. Será entonces, y sólo entonces, cuando apartando todo a un lado, hablaremos. Hablaremos para empezar del tiempo y del espacio, la velocidad, las leyes físicas, y todas esas ecuaciones que últimamente nos fallan tanto. Hablaremos de cómo la miel de mis ojos, poco a poco, se va apagando. De la distancia, del olvido, de que me mires y no me veas, de lo jodidamente difícil que es escribir para ti, y que no me leas. Que hagas como si no existiera, que pises todos mis textos con tu maldita indiferencia. Hay tantas líneas que saben a ti. Tantas y tantas líneas que todavía huelen a ti. Tanta tinta de la más oscura, la más roja, la más profunda...la que más duele malgastar cuando uno se desnuda el alma y la usa. No sabes cuántas veces pensé en ti mientras escribía. No sabes cuánto me diste...y cuánto me quitaste. No tienes ni la más remota idea de lo especial que me resulta el hecho de que tú me leas...pero no lo haces. No como los demás. No de la misma manera. Me siento como una niña con sus bailarinas nuevas, su tu-tu rosa y su pelo tensado, sola en el escenario frente a un patio de butacas con un único espectador. Imagina por un instante lo triste que sería que estando en primera fila, no le hiciera caso. Le dará igual que la sala comience a llenarse, no escuchará los aplausos ni los gritos de alegría de los miles de personas que colman hasta el segundo palco. Para ella, su espectador se ha roto. Y sin él, no hay melodía, no hay sonido, no hay ritmo, no hay sonrisa...sin él, por mucho que lo intenté, el espectáculo, está acabado.
Mientras las desigualdades sociales alcanzan límites nunca imaginados. Mientras el desempleo supera cifras nunca conocidas, ni siquiera conjeturadas. Mientras las clases trabajadoras pierden uno tras otro derechos que ha costado décadas conseguir tras esfuerzos inenarrables. En este momento, en el que el país ha sido intervenido de facto, viendo mermada su supuesta soberanía y destrozada su democracia, y su ya demediado Estado de bienestar es arrojado al basurero de los trastes inútiles e ineficaces de la Historia, en este mismo momento, una desalmada y antihumanista cosmovisión neoliberal vestida con sus mejores galas, se pone sus botas de mando, corrupción y desvergüenza, y tijera en mano se dispone a "des-reformar", una vez más. LOMCE, la llaman. Una ley con nombre de lo que debería de ser, pero no es. Una ley que desprecia y olvida al profesorado, que se basa en postulados ideológicos en lugar de en necesidades educativas. ¿Una Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, dicen? Seamos realistas, bajen aquí, pasen, y vean: Hay niños que pasan hambre en los centros escolares, adolescentes desatendidos, familias que no pueden pagar los libros, ni el comedor, ni las excursiones. Es indignante, arcaico y deplorable ponerle a un padre en la cruel tesitura de elegir cuál de sus hijos podrá permitirse el día de mañana ir a la universidad. Quieren subirnos en un DeLorean, como hizo Noe con su arca, y devolvernos a la España de los años 50, recuperando itinerarios segregadores y clasistas. Los dueños de las grandes fortunas de este país de impiedad y desvergüenza, están descorchando sus botellas de champagne día tras día, mientras ríen satisfechos por su poder inconmensurable. No nos engañemos, están pintando la Educación con ceras blandas que en cuanto llueva se pudrirán. Que aquí no hay pinturas, no hay colores, que no es cuestión ni de rojos, ni de grises, sino de decencia o indecencia, depravación o transparencia, dejemos ya para los cuentos los espejismos y mutaciones, y si de todas formas lo vais a hacer mal, por lo menos, por principios, por integridad, por lo que sea, llamemos a las cosas por su nombre.
