"Dicha la retahíla de palabras mágicas en un momento de flaqueza: Paciencia, autocontrol, cordura, reflexión, y todas las demás, aún hay algo que pregunta: Y todo esto, ¿para qué? Y algo que responde: Para seguir siendo quien eres, alguien que ama el ocio y lo suplerfluo, las caricias carísimas y los viajes, los brillantes licores y la seda, las adolescentes, el mediodía y el Infierno de Dante. Y ese algo que responde nos convence, porque más allá de la tétrica sabiduría, están los hedónicos mediodías y las sensuales glorias del arte. Porque después de buscar la verdad donde se encuentra, se vuelve, si se vuelve, anonadado, sabiendo que no son las apariencias las que engañan, sino las esencias, con crueldad, y en vano."
domingo, 5 de agosto de 2012
sábado, 4 de agosto de 2012
Cuento para irse a dormir.
Cuentan que había una vez, hace muchos, muchos años, un joven rey muy apuesto que estaba buscando esposa. Por su palacio pasaron todas las mujeres más hermosas del reino, y de otros más lejanos. La mayoría eran muy hermosas, y le ofrecían toda su riqueza, además de su belleza y de sus encantos. Pero ninguna le llenaba como para convertirse en su reina. Una soleada tarde de Mayo, llegó una mendiga al palacio de este rey, y tras recibir insultos y discutir con los guardias de palacio, consiguió obtener una audiencia.
"No tengo nada material que ofrecerte; solo puedo darte el gran amor que siento por ti", le dijo al rey, "y puedo hacer algo para demostrarte ese amor". Esto despertó la curiosidad del rey, quien le pidió que le desvelara qué sería eso que podía hacer. "Pasaré 100 días en tu balcón, sin comer ni beber nada, expuesta a la lluvia, al sereno, al sol y al frío de la noche. Si puedo soportar estos 100 días, entonces me convertirás en tu esposa."
El rey, sorprendido más que conmovido, aceptó el reto. Le dijo: acepto. Si una mujer puede hacer todo esto por mí, es digna de ser mi esposa.
Dicho esto, la mujer empezó su sacrificio. Empezaron a transcurrir los días, y la mujer valientemente soportaba las peores tempestades, muchas veces sentía que desfallecía del hambre y el frío, pero la alentaba imaginarse finalmente al lado de su gran amor. De vez en cuando, el rey asomaba la cabeza desde la comodidad de su habitación para comprobar que ahí seguía, y le hacía señas de aliento con el pulgar. Así fue pasando el tiempo, veinte días, treinta, cincuenta, la gente del reino estaba feliz, pues pensaban que por fin tendrían una reína...90 días, y el rey continuaba asomando su cabeza de vez en cuando para ver los progresos de la mujer. "Esta mujer es increíble", pensaba para si mismo, y volvía a darle alientos, a su forma, con sus señas.
Al fin llegó el día 99, y todo el pueblo empezó a reunirse en las afueras del palacio para contemplar el momento en el que aquella mendiga se convertiría en esposa del rey. Contaban con entusiasmo las horas, a las 12 de la noche de ese día tendrían reina...la pobre mujer estaba muy desmejorada, había perdido mucho peso, y contraído enfermedades que le provocaban terribles dolores.
Entonces sucedió. A las 11:00 de la noche de aquél día 99, faltando apenas una hora para que llegara el día 100, la valiente mujer "se rindió"...y decidió retirarse de aquel palacio. Dedicó una triste última mirada al sorprendido rey, y sin decir ni media palabra, se marchó.
Los murmullos de la gente mostraban la conmoción general. Nadie podía entender por qué aquella valiente mujer se había rendido faltando tan solo 1 hora para ver sus sueños convertidos en realidad. Había soportado tanto...
Al regresar a casa, su padre, que se había enterado ya de lo sucedido, le preguntó: ¿Por qué te rendiste a tan solo instantes de ser la reina? Ante su asombro, ella respondió: Estuve 99 días y 23 horas en su balcón, soportando todo tipo de calamidades, y no fue capaz de liberarme de ese sacrificio. Me veía padecer, y solo me alentaba a continuar, sin mostrar siquiera un mínimo de piedad o compasión ante mi sufrimiento. Esperé durante todo este tiempo un atisbo de bondad y consideración que nunca llegaron. Entonces entendí: una persona tan egoísta, desconsiderada y ciega, que solo piensa en sí misma, NO MERECE mi amor.
Conclusión:
Cuando ames a alguien, y sientas que para mantener a esa persona a tu lado tienes que sufrir, sacrificar tu esencia y hasta rogar aunque te duela, retírate. Y no tanto porque las cosas se tornen difíciles, sino porque quien no te haga sentir valorado, quien no sea capaz de dar lo mismo que tu, quien no pueda establecer el mismo compromiso, la misma entrega simplemente, no te merece.
domingo, 29 de julio de 2012
sábado, 28 de julio de 2012
Y soplar en la herida, para que no duela.
Llenas de calma mi ansia arrollada y colmada de nervios, enfrías el fuego que abrasa por dentro para que antes de arder se consuma entre restos de humo. Humo que espantas, que suspendido se aleja, y deja paso al aire, al oxígeno que colma pulmones, que apaga la tos con tu agua. Y corta mi sed, y refresca mi alma. Y el tacto más fragoso se convierte en caricia de seda, el olor más hediondo en incienso de vainilla y hierbabuena, que sabe a caramelo, a miel, y a canela, que no hacen falta ojos para contemplar su belleza. Y es así como lo haces, cómo de vida me envenenas, soplando en la herida, para que no duela.
viernes, 27 de julio de 2012
Visitas.
Durante los dos primeros días eres incapaz de controlar tu cuerpo, por lo que te resulta innecesario e irrelevante controlar el tiempo. Te da igual, si una hora dura un segundo y un segundo se te hace un día entero, qué más da, ya pasará, sólo piensas en descansar, y en comenzar a encontrarte a ti mismo. Pero tras superar ese margen, producto de la anestesia y del periodo post operatorio, o como quiera que se escriba, te das cuenta de lo largos y aburridos que serán los días durante las semanas de reposo absoluto. La palabra en sí suena rotunda, redonda, pero nadie dice nada de la sensación de eternidad que arrastra. Y es entonces cuando lo que nunca creíste que necesitarías, todas esas veces en las que te dijiste a ti misma que tú sola podrías, te pasa factura. Y se agradecen. Ya lo creo que se agradecen, todas ellas, sean como sean, eso es lo de menos, mientras sean. Y todas son. De las largas, o de las de 5 minutos. De las que traen bombones, chocolate, y hasta zumo de naranja, o de las que traen una sonrisa que casi no cabe en su cara. Las que no te esperas. Las que llevas esperando desde que amaneciste por la mañana (diría "levantaste", pero en mis condiciones sonaría un poco pretencioso). Las que te demuestran que todo el mundo merece una segunda oportunidad, que a pesar de los errores o de los malos entendidos, les importas, y te quieren ahí. La que viene de lejos para estar cerca, a 6000km, y aunque físicamente no pueda estar, su voz hecha letra te llega al alma. Las que vienen de cerca para estar más cerca todavía. Las que acaban un examen de inglés y casi sin tiempo a tomar aire se presentan en tu casa. Las que no cenan para venir a verte, pero te traen helado de postre. Las que te hacen un vídeo, para que llores, para que saques de bien a dentro lo que no puede salir, pero necesita hacerlo. Las que siempre están, porque son continuas, viven contigo 24 horas al día.Todas, me quedo con todas, sin lugar a dudas. Porque de vez en cuando, sienta bien darse cuenta de que más gente pasó por ello, de que más gente te entiende, está contigo, te apoya...que de vez en cuando, sienta bien darse cuenta de que no estás sola.
miércoles, 25 de julio de 2012
Día 3.
Alta, primera cura, Almudena la madre de Marta, siempre tan atenta, tan entrañable, igual que el doctor Pérez España. No me sentí persona hasta bien entrada la tarde. Un día gris, confuso entre mareos, suspiros, y recuerdos borrosos...mi madre y su historia imaginaria sobre la presencia de un asesino en el hospital. El cariño con el que me vestía y me limpiaba. El beso en la frente de buenos días de mi padre. El abrazo de mi hermano al llegar a casa, con esos brazos tan grandes y formados, y esos enormes y brillantes ojos verdes. La visita de Alba y Barco con su chocolate, su caja de bombones y su contagiosa alegría. Y Pablo. Es un recuerdo en sí mismo, cada momento, cada instante de tiempo que transcurre en el que él está a mi lado, hace que sienta que me entiende, y me da ánimos para no pensar en lo qué vendrá, en cuándo podré volver a correr, a tirar a canasta o a coger un balón de baloncesto...de momento, hay que seguir, que ya tendremos tiempo de pensar en lo demás.
Día 2.
La melodía llegó a su fin. Rigiéndonos a la fecha que marcaba el calendario, continuaba siendo 23 de Julio, pero aquellas 4 horas hicieron que para mí comenzara un nuevo día. Todavía era incapaz de mover las piernas, pero por fin comenzaba a sentir el tronco, incluso la cadera, y me sentía totalmente eufórica, como si en cuanto despertaran fuesen a saltar sobre la cama y correr por todos los pasillos del hospital. Sujetaba entre mis manos la botella del drenaje con la sangre que fluía de mi pierna, y en aquel momento me parecía algo fascinante. La mujer de la vesícula acababa de fallecer en el quirófano 2. Dos enfermeras empujaron de nuevo mi cama en dirección al ascensor. Cuando llegué a la habitación recuerdo que no pude evitar sonreír. Allí estaban todos, esperándome. Les volví locos, seguro. Quería comer, y leer, y hablar, quería hacer millones de cosas...hasta que el efecto de la anestesia comenzó a desaparecer. Empecé a sentir mi vejiga llena, pero no sabía cómo vaciarla. No lo sentía, más bien, tan sólo la bolsa llena dentro de mí. El pánico a la sonda comenzó a apoderarse de mí. La sensación de no ser capaz de controlar mi propio cuerpo no me gustó en absoluto. Decidí tranquilizarme, escucharme por dentro, y dio resultado. Comencé a sentir el drenaje. De vez en cuando, a ritmo descompasado, pero firme, fuerte. Bum bum, bum bum. Podía ver la sangre fluir por el conducto hasta la botella. Cansancio. Cada vez más. Me pesaba la pierna, y la cabeza, y hasta los párpados...pero no tenía sueño, en realidad. Sólo cansancio. Una extraña fatiga que me quitaba hasta la fuerza para hablar. Ya no tenía hambre, sólo náuseas. Tampoco era capaz de leer, y me daba exactamente igual llevar un camisón con la espalda abierta. Sólo pensaba en sentirme mejor. No se cuántas horas transcurrieron, poco a poco todos fueron abandonando la habitación, hasta Pablo, que fue el último, tras ayudar a mi madre a montar el sofá cama, o al menos eso me pareció escucharles. Se hizo el silencio. Los ojos se me abrieron varias veces a lo largo de la noche, pero el cansancio no me permitía mantenerlos así durante mucho tiempo. Cuando los primeros rallos de sol comenzaron a entrar por las rendijas de la persiana de la terraza, una enfermera entró a la habitación para suministrarme la siguiente dosis de medicación. Un nuevo día estaba a punto de comenzar.
martes, 24 de julio de 2012
Día 1.
Apenas
soy capaz de recordar con detalle los momentos previos a la operación.
La llegada al hospital fue una de tantas, he visitado tantas veces
ese lugar en los últimos meses que ya ni su olor a gasas esterilizadas, ni
sus paredes herméticas, ni todas esas personas caminando de un lado
para otro ataviadas con trajes y batas de colores desteñidos, me
hicieron reaccionar. Permanecimos en la habitación algo menos de una
hora, lo justo para situarnos, leer el primer capítulo de "El Haiku de las Palabras Perdidas", de Andrés Pascual, y vestirme con ese horrible
camisón abierto por detrás. Sólo el camisón. Ni si quiera las
bragas me dejaron conservar, "las perderás en el quirófano",
me dijo una amable enfermera con tono gracioso, para quitarle hierro al asunto. Eché un último vistazo a la habitación, Mi madre, mi hermano, mi tía...y Pablo. Pablo. Eso me hizo abandonarla con una sonrisa. Mi padre me esperaba fuera, y se despidió de mí con un gesto enternecedor, poco habitual en él. Recuerdo el camino a la planta baja subida en la cama, y cómo valoré
esos últimos segundos en los que podía caminar con ambas piernas. Y
es que una parte de mi subconsciente sabía que me esperaban muchas
horas tumbadas en esa cama. Bajar en ascensor tumbada en ella fue
extraño. El doctor Pérez España llegó cuando una de las
enfermeras leía mi parte médico, y me saludó con esa enorme y
agradable sonrisa que le caracteriza, al tiempo que se colocaba con
delicadeza los guantes de látex. A partir de ahí, todo es confuso.
La vía, el pinchazo a media espalda, el sedante, los parches de
motorización en el pecho...me sentía despierta, pero no plenamente
consciente. Sentí como mis piernas comenzaban a perder movilidad, y
poco a poco el resto de mi cuerpo, hasta llegar al pecho. Recuerdo
preguntas a cerca de mi estado, hasta sentirme casi
incapaz de distinguir de dónde provenía la voz que las hacía.
Entonces alguien empujó mi cama en dirección a la sala señalizada con un pequeño cartel metálico como "quirófano 1". A partir de ahí, llego el frío. Un frío helador que hacía
tiritar a mis brazos, y a la parte superior de mi cuerpo. El resto
estaba bien, tranquilo, en paz. Hasta el incómodo dolor de estómago
que horas antes me acompañaba, había desaparecido. Poco a poco,
todo se redujo a una suave melodía. El sonido del gotero marcaba el
ritmo, firme y regular, en contraposición con el suave pitido de la
máquina de pulsaciones, que de pronto se hizo continuo. Por un
momento pensé que algo iba mal, pero me tranquilicé al sentir el
firme palpitar del corazón. Mi brazo, al ser tan delgado, se había
salido del brazalete, o como quiera que se llamen esos trozos de tela con belcro que se adhieren al brazo como si fueran lapas. Sonidos, y más sonidos, mantenían vivo mi cuerpo
dormido. No podía sentirlo con el tacto de mis manos, pero sí con
la suave caricia de los sonidos que retumbaban dentro de él,
mientras los doctores hacían su trabajo...no podía ver más allá
de una fina cortina verde...sólo sonidos...y frío. Una tos ahogada
elevó mi pecho. No sentía los pulmones, pero sí el fuerte
carraspeo en la garganta. Volví a toser, y sufrí la misma
sensación. Aquello me impactó, incluso generó en mí cierta
angustia. Y mantas, y más mantas, y hasta una bomba de aire caliente
entre el hueco de la sábana, intentaban sin éxito que mi cuerpo
dejase de temblar. Recuerdo voces, graves, y agudas, y en cuanto
escuché al doctor pedir "tendones" una parte de mí supo
que no había nada que hacer. El ligamento también estaba roto. Pero
el resto de mi ser se encontraba inmerso en esa suave melodía que
generaba mi cuerpo, sin querer despertar. De pronto ví una pierna elevarse por encima de mi cabeza. Mi pierna, la que yo continuaba sintiendo sobre la cama, estaba ahi, en lo alto, sobre el hombro izquierdo del doctor, que le colocaba una especie de media. Para cuando mis funciones
cerebrales comenzaron a reaccionar, me encontraba fuera de la sala.
En aquella cama, con la bomba de aire, y el doctor apoyado junto a
mí. "el ligamento...?" recuerdo que pregunté."Sí.
Estaba roto. Pero no te preocupes, todo ha ido bien", dijo con su voz firme de
locutor de radio, y esta vez, sonrió también.
lunes, 16 de julio de 2012
Una mancha en la hoja infinita.
Siempre he pensado que se puede averiguar mucho de una persona a través del escritorio de su ordenador. Si buscas información más personal probablemente la encuentres en Mis Documentos, Mis Imágenes, Descargas, o en cualquiera de esas carpetas almacenadas por defecto que el sistema operativo Windows que todos utilizamos como borregos proporciona. Pero la esencia, los pequeños detalles que distinguen a una persona del resto suele encontrarse justamente ahí, en la pantalla inicial que se muestra tras encender. La mía (por supuesto, entre otras cosas) siempre tiene un documento de texto (y digo de texto porque ni si quiera es word, mi licencia gratuita se me acabó hace tiempo y utilizo open office). Generalmente no apago el ordenador, y la mayor parte de veces el documento está abierto. En él solo escribo. A veces ideas, a veces entradas de blog completas, frases o párragos de otros escritores que me gustan, incluso capítulos de libros enteros han pasado por esa hoja antes de comenzar a formar parte de lo que yo considero "su sitio". De vez en cuando hago limpieza, borro aquello que ya ha sido utilizado o que ya he colocado en el lugar al que yo considero que pertenece. Mi hoja infinita, la llamo, porque contiene todo aquello que no está listo para pertenecer a ningún lugar, no está definido, pero existe, y no tiene un límite, ni un final, ni tampoco restricciones a la hora de escribir. Esta mañana mi hoja infinita ha sido manchada por algo que aunque en el fondo son buenas noticias hubiera preferido no anotar ahí. Por eso quiero borrarlo de ella cuanto antes, y como no se bien cuál es su sitio, aquí lo dejo...una vez más, en algún sitio lo tenía que escribir.
Viernes 20 de Julio, 8:30 a.m., Clínica los Manzanos, en ayunas. Placa torax, análisis sangre, orina, electro (Anestesia). Pasar después por consulta Doctor Pérez España.
Lunes 23 de Julio, intervención quirúrgica.
miércoles, 11 de julio de 2012
Suma y Sigue.
Es increíble como el paso del tiempo transforma un sentimiento. A los 9 años sueñas con llegar a ser tan alta como ese entrenador que hace mates en las canastas pequeñas. A los 10 estás deseando que pase un año más para que te dejen jugar con las mayores, en campo grande, con balón grande. A los 12 sueñas con llegar muy alto, como los jugadores que salen en la tele y llevan equipaciones de las de verdad, de tirantes finos, sin que tu madre te obligue a llevar una camiseta de manga corta por debajo, para no coger frío. Con 14 entrenas y entrenas, y no paras de entrenar, todas las horas del mundo son pocas, y aunque acabes agotada siempre quieres más. A los 16 tu adolescencia lo convierte en una salida, una manera de despejarte, de huir de todos tus problemas y sólo pensar en una cosa: Jugar. Con 18 viene el salto grande, gente más experimentada que tú en la misma cancha, personas de la que tienes mucho que aprender, y lo más importante, a partir de ahora, aprender sola, porque la mayoría no se va a molestar en enseñarte, es un trabajo propio y personal. Pero pronto te sientes como en casa. No te planteas dejarlo jamás, y la primera lesión importante no genera en ti sino una nerviosa ansiedad que cuenta los días que faltan para poder volver a jugar. Pero tras la primera viene otra, y otra, y otra más, y a los 23, cinco seguidas en cuestión de meses. Entonces llega la definitiva, y ya no cuentas los días que te faltan, si no los que llevas sin ello. Y no cuentas los días que te faltan, porque no es número, es miedo. Y te jode, te revienta que otros puedan y tu no, y ya no soportas ni si quiera el sonido de un balón contra el suelo, o el fino batir de una red contra el viento al dejarlo pasar a través de ella. Pero eres incapaz de plantearte la vuelta, eres incapaz de pensar en el día, en la fecha...y ante el miedo a plantearte si existe o no existe, sigues contando los días...suma, y sigue.
jueves, 28 de junio de 2012
Tan feliz y tan triste(Una vez más, Gracias, Salem).
Intento un poema para ti bajo el calor de una noche de verano, en la ocupada mesa de un cuarto desordenado, con la tensa calma de quien contiene palabras sin saber cómo agruparlas para expresar tanto. Tanto que piensa, tanto que siente, tanto, que no sabe cuánto. Escribo estos versos en el reverso del anverso de un piano desafinado, un piano que no existe sino en el rincón de mis anhelos, de todo y nada, de mi esperanza, de mis deseos. Y empiezo por la última página, la del te quiero más sincero, para acabar, quizás, por la primera, donde los miedos se esconden, donde el alma palpita a gritos bajo unas sábanas que piden guerra. Necesitar es el verbo que más odio, pero no te haces una idea de cuánto necesito que me necesites, que te falte un pedazo si estoy lejos, que no lo esté, que esté donde esté, siempre quede algo de cerca. Que puedo vivir sin ti, sin vivir al cien por ciento, que puedo hacerme amiga de otras pieles, pero nunca ser su cómplice completo. Y me niego a morir sin conocerte tanto por eso que llaman dentro, me niego a que no me sigan sorprendiendo tus secretos. Que se que quererme fue andar descalzo entre las llamas, dar tantos pasos sin quemarte, y de repente, todo el fuego. Quererte a ti fue hacer de la vida una ruleta, jugar todas las fichas a un mismo número distinto de cero, apostar contra el destino, y lograr que por una vez no volviera a ganar la banca. Y al descalzarte de tus miedos y yo dejar de revisarme los bolsillos, al desnudarte de cualquier cordura y vacíar el cenicero de mis dudas, echamos toda nuestra leña al juego, rompió en pedazos el reloj del tiempo, y tras la corriente de arena nos vimos erróneos, incorrectos...pero felices, seguros, y en aquel momento, eternos.
miércoles, 27 de junio de 2012
Resina.
Yo mataré monstruos por tí. Y
dragones, y culebras, y hasta magos tenebrosos, todo lo que tu quieras. Apagaré incendios y derretiré escarcha, no hará frío ni
calor, haré todo lo que sea necesario para evitar esa tonta manía
que tienes de dejarte caer las lágrimas. Y si no quieres a ese
médico, no lo tendrás. Y si quieres que el muñeco sea un niño de
verdad, lo será. Y si quieres cantar, canta, y si quieres reír,
ríe, y si quieres cenar a la hora de desayunar y dormir a plena luz
del día, hazlo también. Haz todo cuanto se te pase por la cabeza, y que
nadie te cuestione nunca si a tus 90 años gastas o no de eso que llaman cuerda.
Pero por favor, no sufras, por favor, no te apagues...por favor, no
te mueras.
martes, 19 de junio de 2012
Últimos suspiros.
Se queja, habla sin sentido, y canta
sin dejarte dormir por las noches. Ve cosas que el resto no ve,
personas que no existen sino en su desordenada cabeza, y se enfada
cuando no la entiendes, cuando niegas que dos mujeres la visiten todos los días, que el muñeco sea una niña, que el riojano sea un riojano que vive en Zaragoza y cante jotas para ella. Cabezota, egoísta, gruñona, te lleva la contraria, se queja. Huele mal, muy mal,
tanto que si estás cerca es imposible respirar pretendiendo que
entre algo de aire limpio a tus pulmones. Es oxígeno sucio, ajado,
sin vida, que recorre cada rincon de tu cuerpo, contagiándote con esa
sensación de cera desgastada que muere sobre el platillo de una vela
a punto de desaparecer entre sus restos. Pero aún así eres incapaz
de alejarte si la miras a la cara. Ese rostro cada vez más pálido,
más alargado, esa mirada que ha pasado de verde esperanza a verde
opaco, ausente, perdida...sin vida. A veces llora. No sabe por qué,
pero llora, sufre, y su llanto seco retumba en las paredes de la caja
de cualquier alma, haciéndote sentir vacía, insignificante. En ese momento, serías
capaz de hacer cualquier cosa para conseguir que se sintiera
mejor, que por fin descansara...y al mismo tiempo te aferrarías a un clavo ardiendo si con
ello supieras que va a mantenerse ahí, donde está, inmóvil,
agónica...pero respirando. Y día tras día la misma lucha, entre la
desesperación y la angustia que ella misma genera. Batalla perdida de
todas las maneras, no hay final feliz, ni triste, simplemente
inevitable. Es ley de vida, se supera, pero por mucho que te
mentalices es imposible que no duela.
miércoles, 13 de junio de 2012
Suspiro.
Dedicaría una eternidad entera a limitarme a observarle, disfrutando de lo afortunada que soy por tenerle a mi lado, y aún así no dispondría del tiempo suficiente para conseguir hacerle entender a mi mente que lo que siente mi alma no se trata de un sueño.
domingo, 10 de junio de 2012
Vísteme de inspiración, que sin ella estoy desnuda.
Revuelve mis entrañas, sácame las
tripas desde bien adentro, desordénalas, y mételas de nuevo como te
venga en gana. Con todo, y nada. Heriza mis venas, retuércelas y
mezcla su sangre con resina amarga, hasta que tensen, hasta que vibren, como las cuerdas de una vieja guitarra. Que hasta el más
torpe cantante de rock, canta, mientras yo sigo aquí sentada sin
hacer nada sino escribir, con tinta roja de rabia derramada, gritando
en silencio, sin poder tragar los nudos que censuran mi garganta.
Envuélveme, sorpréndeme una mañana de bruma gris con sofocante
escarcha, que congele al miedo y me acalore, hasta drenar los
recuerdos del alma. Hazme temblar. Pon fin a mis noches en vela, y a
mis mañanas de legañas y dolor de cabeza. Y que ese gran manjar
para moscas y ratas marchite, se pudra y muera. Entonces, y sólo
entonces, sin respeto a los gusanos, bailaré sobre esa tumba seca.
Mientras tanto, si no te gusta, simplemente no me leas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)